“Tú que te fuiste una mañana, sin saber a dónde ibas…”
Extranjero, canción de Franco D´Vita.
Llevaban varios días caminando juntos. A veces uno se adelantaba, sin mirar atrás. Sin hablarse.
Ya iban para tres meses de estancia en aquel país, morenos entre tantos blancos. Ya habían trabajado eventualmente en todos y cada uno de esos oficios que los naturales nunca quieren hacer y pagan casi con la pura comida al necesitado que se atreve a realizarlos.
Pero era el décimoquinto día desde la última tarea y nadie los empleaba.
Con la imagen cada vez más gastada al paso del tiempo sin alimentarse, sin dejar de caminar, con el cansancio saliendo de los ojos rojos, de los labios secos, las posibilidades de que un alma los favoreciera con alguna faena para callar los estómagos, al menos momentáneamente, disminuían.
Luego estaba siempre presente, como espada de Damocles, el peligro de la policía, ellos sin papeles legales, si los detenían…
Hacía un par de días que no se hablaban. Después de varias y violentas discusiones, de echarse la culpa mutuamente por lo que ahora llamaban malas decisiones, habían optado por suspender las relaciones, aunque continuaban caminando juntos por el día y hospedándose en los mismos portales por la noche.
Estaban muy cansados.
Frente a una casa de altas rejas un montón de basura y escombros tapaba el césped. Llamaron para proponer dejarlo todo limpio en pocos minutos, pero una voz deformada en el citófono dijo que ya habían avisado a la municipalidad. Apurados continuaron su camino. La esperanza regresó a su estado anterior.
Al cruzar un parque, el menos fuerte se detuvo y sentándose en el primer banco observó al compañero que sin volver la cabeza siguió andando hasta perderse de vista. Esto le recordó un cuento de Jack London, lejano entre sus primeras lecturas juveniles. No se levantó más. Sacó los pies ampollados de los incómodos zapatos. Se recostó en el banco y cerró los ojos.
